lunes, 16 de julio de 2012

JASON WILLIANS

                                                                 
Que Jason Williams jamás cayó bien fuera de las canchas no es algo que nadie extrañe. Comentarios racistas, actitud chulesca, insultos a los periodistas y aficionados, flirteos con la marihuana…
Quien le critica tiene sus motivos. Sus pérdidas por exceso de floritura en el pase, airballs constantes y ausencia total en el clutch time hacen de él, para sus haters un jugador que estadísticamente siempre rozó la mediocridad y que para nada fue ni la sombra de Pete Maravich con quien le comparaban constantemente.
Recuerdo que los Kings de aquél 98/99 con jugadores como Vlade Divac, Stojakovic, Chris Webber o el propio Jason Williams fue el primer equipo de baloncesto que me llegó al corazón. Yo tendría 5 o 6 años cuando mi padre me invitó a trasnochar. Me dijo que no me arrepentiría, que si me gustaba el fútbol por Djalminha, el baloncesto me gustaría más con ese tal Williams. Y razón no le faltó a mi padre… Ese ritmo vertiginoso subiendo la pelota al contrataque, esos crossovers y sobre todo esos pases; por la espalda, sin mirar, incluso con el codo si hacía falta como ya lo demostrara en el All Star Game celebrado en el Oakland Arena de California en el año 2000. A partir de ahí nunca más volvería a ser el jugador imprevisible, creativo y eléctrico que todos conocíamos. Su equipo prefirió la sobriedad y proyección de Mike Bibby, por lo que fue traspasado a Memphis Grizzlies en el año 2001. En su primer año firmó su mejor campaña estadísticamente, pero quizás por un corte de alas de sus entrenadores en su estancia en Memphis (Sidney Lowe y Hubie Brown) o quizás por decisión suya, perdió la magia.

                                                                    
En 2005, junto a otros 12 jugadores fueron envueltos en el mayor traspaso de la historia, que le llevó a recalar en Miami Heat. Según se cuenta, Shaq le pidió para el equipo. Sabía que podría ser una pieza clave para ganar el primer anillo para la franquicia de Florida. Y sí que fue una pieza clave. Promedió 9 puntos y 5 asistencias por partido por un porcentaje de acierto en tiros de campo de 40,5, que para ser un jugador de segunda línea, en un equipo capitaneado por Wade y O’neal, son estadísticas algo más que notables.
En su estancia en Orlando, supo suplir la carencia de bases y con la lesión de Jameer Nelson, tuvo que jugar de titular cumpliendo en todo momento con su trabajo. Pero el legado de “Chocolate Blanco” va mucho más allá de los números. Quizás Pete Maravich fuese quien inventó, o mejor dicho popularizó el basket de showtime, y fue bastante mejor jugador de lo que fue el base de Virginia. Pero corrían otros tiempos, y sinceramente, creo que el juego de J-Will era más arriesgado, y consiguió acercarme a mí,  junto a otros muchos tantos al baloncesto. Algunos aún continuamos viendo partidos 12 o 13 años después, partidos de los que no queda casi ningún recuerdo en mi memoria, pero que los recuerdo magníficos, aquel chico relativamente bajito (1,85 m.), rubio y con flequillo consiguió vender más camisetas en su etapa en Sacramento que por ejemplo jugadores como Karl Malone, Tim Duncan o Allen Iverson. En definitiva, Jason fue un jugador que siempre fue más allá de las estadísticas. Sus vídeos en YouTube son el testimonio para los que no tuvieron el placer de ver sus partidos comentados por Don Andrés Montes, que en paz descanse. Un saludo, y muchas gracias, pueden seguirme en Twitter @alex_23_06
           
                                                  



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